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Cortesía de Alegría García |
Puff, que noche!! Qué suerte
tuvimos los pocos valientes que después del jarreo que cayó en la capital, nos
dimos cita en Boite Live. The Hooten Hallers venían con el cartel de banda de
directo. Les precedía una fama de incendiar cada sala en la que tocan y
sinceramente, es un apelativo que se les queda pequeño. Estos “pollos” del
medio oeste americano, son una auténtica hoguera sobre el escenario (qué mejor
símil en una noche de San Juan), convirtiendo en cenizas garito por el que
pasan.
Interpretan música americana en
una propuesta muy original y difícil de ver en una banda que no sea de aquellos
lares. Rezuman sabor rural, salvajismo y una energía que te agota físicamente
pero que a la vez te produce una sensación de felicidad difícil de explicar.
¡Por favor, bájenme de la nube en la que sigo flipando! La base musical es el
más genuino blues, pero en su coctelera meten gotas de honky tonk, cucharadas
de country, vientos rag time de Nueva Orleans y mucho soul. Decir que esta
banda se deja el alma en cada canción es quedarse corto, la voz desgarrada
tiene un soul diferente, rabioso, muy distinto del que estamos acostumbrados. Lejos de lamentos, es un soul salvaje, aguerrido, bestia y a la vez
muy festivo y alegre, que te hace sentir como si estuvieras en un salón repleto
de borrachos felices cantando himnos de hermandad.
Todo ello acompañado por una
actitud punk que ya quisieran para sí muchos punkis de escaparte. Ver a Andy
Rehm aporreando la batería, a John Randall vociferar y rasgar su slide guitar,
y a Kellie Everett con ese pedazo de saxo barítono sobre las tablas, es como
recibir un puñetazo en la cara en un ejercicio de transgresión que te invita al
disfrute sin contemplaciones. El cachondo del batería, mientras se dejaba la
piel en cada baqueteo, no dudó en quitarse los pantalones y quedarse en
calzoncillos para combatir el calor reinante, pero con una naturalidad digna de
estar en el salón de su casa.
En un set que duró una hora y media
aproximadamente, nos metieron en el bolsillo desde el primer tema empezando por
darlo todo desde el primer acorde. Recorrieron principalmente su último trabajo “Chillicothe Fireball”, aunque tuvieron
tiempo para tocar clásicos de su trabajo precedente, cerrando con el
imprescindible “Leave me alone”,
tonada que les califica perfectamente. Volverían para marcarse un último tema a
capela y dejarnos con ganas de mucho más, sensación que queda cuando un
concierto ha merecido más que la pena. ¡Volved pronto por favor!!!!
Como anécdota curiosa reseñar, el
contraste palpable entre la joven banda, en la que sus miembros no llegaban a
los treinta, y la edad del respetable que en ningún caso bajaba de la
treintena… Who will save Rock’n Roll?
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